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Por estos días de reforma a la salud, también deberíamos de reavivar el debate y el interés por construir una política de la salud mental; Nuestro Senador Carlos Julio González Villa, ha sido un batallador de la causa; su responsabilidad con la comisión accidental creada en el Congreso nos hace esperar que el tema se sensibilice política y socialmente.
Tal vez, muchos no repararán en la existencia de verdaderos males y verdaderas epidemias y pandemias mentales y psiquiátricas; otros ignorarán el vertiginoso aumento de suicidios e intentos de suicidio en el país. Se trata de un tema esencial que no puede quedar en el limbo. Se trata de forma especial de nuestros jóvenes; de su percepción, visión y sentido de la vida. ¿Debe el suicidio tocar a nuestra puerta para hacer notar nuestra indiferencia? ¿Deben suicidarse nuestros hijos para comprobar que el tema de la salud mental y el suicidio cruzado por la indiferencia siempre estuvo allí? La tragedia consiste en que, aun siendo conscientes, el suicidio se nos viene como amenaza y como monstruo real y nada hará evitar su destino y su incursión final; se trata del desenlace y las excrecencias de la sociedad del cansancio, de la trasparencia y la incertidumbre (Chul Han); de la sociedad liquida (Bauman) en la que solo algunas voces proféticas e ignoradas son áulicas ante una realidad que no queremos afrontar.
Nos lo advirtió Heidegger definiendo la inautenticidad humana; nos lo describen Sartre en sus obras existencialistas; nos suplicaba Nietzsche rogándonos por el retorno a los valores vitales. Hoy nos lo confronta Byung Chul Han; el de la sociedad del cansancio y la trasparencia; Bauman y su sociedad liquida y de la incertidumbre; se nos viene la mayor pandemia; mucho más letal que la del olvido del mundo macondiano, que la del covid; la pandemia del suicidio. Nuestro Senador clama como voz en el desierto en el ámbito político: que construyamos desde una mayor sensibilidad social y con la mayor inteligencia emotiva esa política de salud mental que necesitamos tanto; que leamos desde la construcción de tal política, las verdaderas causas del suicidio; su forma de prevenirlo; se trata de construir una sociedad con mayor sentido; con mayor atención a los jóvenes sin esperanza; a los que nunca retornaron a la escuela; a los que no encuentran alternativas para llevar una vida rica en sueños y en realidades plenas, aún en medio de gobiernos desorientados y políticas sin conexión con los retos que nos exigen las nuevas generaciones. El Huila y las regiones del olvido y mayormente víctimas de la indiferencia se debaten con esa nueva forma de mal endémico. Algo debemos hacer.
Acabo de terminar de leer el libro “Lo que no tiene nombre” de Piedad Bonnet; me pone en mayor alerta su lapidaria frase final dirigida a su hijo:
“Dani, Dani querido. Me preguntaste alguna vez si te ayudaría a llegar al final. Nunca lo dije en voz alta; pero lo pensé mil veces; sí, te ayudaría, si de este modo evitaba tu enorme sufrimiento. Y mira, nada pude hacer. Ahora, pues, he tratado de darles a tu vida, a tu muerte ya mi pena un sentido. Otros levantan monumentos, graban lápidas. Yo he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria. Y lo he hecho con palabras, porque ellas, que son móviles, que hablan siempre de manera distinta, no petrifican, no hacen las veces de tumba. Son la poca sangre que puedo darte, que puedo darme.
No debemos esperar que la muerte de nuestros propios hijos nos escupa en nuestro rostro indiferente; salgamos del marasmo; al Estado también le podemos exigir que actúe y nos ayude en la protección de esta pandemia.
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